Ensayo · Psicología política
A partir de una observación de Santiago Vélez sobre Colombia

No puede haber gobierno sano en sociedad enferma.

La irracionalidad latinoamericana, el Foro de São Paulo, la ideologización como técnica de fidelidad, y la enfermedad social que precede a la enfermedad de gobierno. De Petro a López Obrador, el mismo método: primero anestesiar la conciencia, después casarse con el crimen, finalmente convertir el pecado de admitir el error en algo peor que la complicidad con el horror.

Autor
Simón Levy
Desde
Washington D.C.
Publicado
25 junio 2026
Lectura
18 minutos
Simón Levy
Epígrafe · 25.06.26 Cita de origen
Santiago Vélez
Bogotá · X
El punto de partida

"No creo que Cepeda hubiera perdido muchos votos si la investigación de Caracol sobre el Clan del Golfo hubiera salido antes de las elecciones. Este país está anestesiado y ya nada sorprende a nadie."

"Y buena parte de quienes votaron por Cepeda por convicción ideológica habrían votado por él de todas maneras. Para ellos, Petro puede negociar con criminales, desmontar la inteligencia y entregar territorio, pero votar por alguien de derecha sigue siendo el pecado imperdonable."

"Prefieren votar por el diablo antes que admitir que la derecha tenía razón."

Santiago Vélez, abogado colombiano. @santiagovelezp

Hay frases que cierran un debate. La frase del abogado colombiano Santiago Vélez sobre el voto de Cepeda, publicada esta semana en X, es una de ellas. No por su elegancia. Por su precisión clínica. En tres oraciones describe una enfermedad psicológica colectiva que llevamos cuarenta años describiendo como ideología, sin darnos cuenta de que la ideología es solo el síntoma. La enfermedad de fondo es otra. Y esa enfermedad explica por qué Petro puede negociar con criminales, desmontar la inteligencia y entregar territorio, sin perder un solo voto. Y por qué López Obrador puede proteger al huachicol fiscal, al Cártel de Sinaloa y a la red financiera que va de Pekín a Sinaloa pasando por Houston, sin perder un solo voto tampoco.

La frase es esta: "Prefieren votar por el diablo antes que admitir que la derecha tenía razón." En esa oración cabe medio siglo de historia política latinoamericana. Cabe Cuba después de 1959. Cabe Venezuela después de 1999. Cabe Argentina después de 2003 y antes de Milei. Cabe Bolivia con Evo. Cabe Nicaragua con Ortega. Cabe Colombia con Petro. Y cabe México con López Obrador. La misma enfermedad, ocho geografías, treinta años de avance silencioso. Lo que ha permitido el avance no es la fortaleza de los gobiernos. Es la enfermedad de las sociedades que los aceptan, los toleran, los reeligen, los exculpan. Por eso el título de este ensayo no es retórico. Es diagnóstico. No puede haber gobierno sano en sociedad enferma. Y la sociedad, hoy, en buena parte del continente, está enferma.

Este ensayo no es sobre política. Es sobre psicología social. Sobre cómo se construye una fidelidad que sobrevive a la evidencia. Sobre por qué un votante racional, alfabetizado, informado, urbano, profesional, puede leer en el periódico que su líder negocia con el Clan del Golfo o protege al huachicol fiscal, y al día siguiente seguir defendiéndolo en la sobremesa familiar como si nada hubiera leído. Sobre la maquinaria mental que produce ese resultado. Y, sobre todo, sobre por qué esa maquinaria mental se parece tanto, y no es analogía gratuita, a la maquinaria mental que sostuvo a Hitler hasta 1945.

Lo escribo con cuidado, porque el paralelo es serio y porque el daño moral de equivocarse al hacerlo es grande. No estoy diciendo que López Obrador o Petro sean Hitler. Estoy diciendo otra cosa, mucho más incómoda y mucho más útil. Estoy diciendo que el mecanismo psicológico por el cual una sociedad llega a tolerar lo intolerable es el mismo en 1933 que en 2026. Cambian los contenidos. Cambian los enemigos. Cambian los slogans. No cambia la mecánica.

La ideología no es la enfermedad. La ideología es el síntoma. La enfermedad es la incapacidad de admitir que uno se equivocó.

Capítulo I

La frase que lo explica todo

Vélez dice tres cosas en su hilo. Que el país está anestesiado, que ya nada sorprende a nadie, y que el votante ideologizado preferiría votar por el diablo antes que admitir que la derecha tenía razón. Cada una de esas tres afirmaciones describe una capa distinta del mismo fenómeno. Vamos por partes.

La anestesia. Cuando un país descubre que su presidente negocia con un cartel y la reacción social es un encogimiento de hombros, lo que está mostrando esa sociedad no es indiferencia política. Es saturación nerviosa. Es lo mismo que le pasa a una persona que ha vivido en una casa con un olor desagradable durante un año. Al principio el olor era insoportable. Después dejó de notarlo. No porque el olor desapareciera. Porque el sistema nervioso, para sobrevivir, aprendió a no procesarlo. Eso, en psicología, se llama habituación. Es una función adaptativa normal cuando se aplica a estímulos pequeños. Es patológica cuando se aplica a estímulos de magnitud moral. Cuando una sociedad se habitúa a noticias de masacres, fosas clandestinas, alianzas entre presidentes y carteles, lo que está pasando es que el sistema moral colectivo está en proceso de adormecimiento. La conciencia pública entra en estado crepuscular. Sigue funcionando para asuntos pequeños. Deja de funcionar para los grandes.

El segundo punto es la rendición cognitiva. Vélez dice que ya nada sorprende a nadie. Eso no es resignación pasiva. Es un mecanismo activo de defensa psicológica. Cuando los estímulos negativos exceden la capacidad de respuesta del sistema, el sistema deja de responder, no porque no sienta, sino porque sentir todo el tiempo equivaldría al colapso. El psicólogo Martin Seligman lo bautizó en los años setenta como "indefensión aprendida". Sus experimentos con animales sometidos a estímulos negativos imposibles de evitar mostraron que después de un tiempo el animal dejaba de intentar escapar, aun cuando la puerta de la jaula quedara abierta. Aplicado a sociedades enteras, el fenómeno produce ciudadanías que, ante la evidencia repetida de la corrupción, la violencia o la complicidad, ya no se indignan, no se movilizan, no votan distinto. Se acomodan. Se desconectan. Esa desconexión es la materia prima sobre la que los regímenes capturados por economías ilícitas construyen su permanencia.

El tercer punto es el más profundo de los tres y es el corazón de este ensayo. Es la afirmación de que existe un universo de votantes para quienes admitir que la derecha tenía razón es un pecado peor que ver al gobierno propio aliarse con el crimen organizado. Esa frase, leída con cuidado, contiene una revelación. La política, para esos votantes, no es política. Es religión. Y en una religión, admitir que el catequista del barrio enemigo tenía razón es apostasía. Y la apostasía, en una religión, es peor que cualquier pecado cometido por uno mismo. Por eso prefieren votar por el diablo. Porque votar por el diablo es un pecado individual, perdonable. Admitir que la derecha tenía razón es traición a la fe. Y la traición a la fe no se perdona ni en este mundo ni en el otro.

Capítulo II

La política como religión

Llevamos siglos confundiendo dos cosas que no son lo mismo. Una es tener una preferencia política. Otra es tener una fe política. La preferencia política es razonable, móvil, ajustable a la evidencia. Yo prefiero al candidato A porque su programa fiscal me parece más sensato. Si mañana descubro que el candidato A está aliado con un cartel, retiro mi voto. Eso es política racional. Eso es lo que la teoría democrática asume como base mínima del votante moderno. Y eso, en buena parte del continente latinoamericano, es exactamente lo que no está ocurriendo.

La fe política es otra cosa. La fe política no se ajusta a la evidencia. La fe política reordena la evidencia para que sea compatible con la fe. Cuando un votante de fe descubre que su presidente está aliado con un cartel, no retira el voto. Reformula la información. Dice que el cartel es invento de la oposición. Dice que la prensa que lo reporta está pagada por la derecha. Dice que los muertos son menos de los que se reportan. Dice que aún si fuera cierto, la alternativa sería peor. Dice cualquier cosa, menos lo único que la evidencia exige: cambiar la fe.

Eric Hoffer, el filósofo autodidacta estadounidense que pasó treinta años cargando bultos en el puerto de San Francisco mientras escribía, publicó en 1951 un librito breve y decisivo llamado El verdadero creyente. En él describió con precisión clínica lo que distingue al fanático del votante racional. El fanático, dice Hoffer, no es alguien que cree firmemente en una causa. Es alguien que necesita creer en una causa para no enfrentarse a sí mismo. La causa es secundaria. La función es psicológica. Por eso un fanático puede pasar del comunismo más extremo al nacionalismo más extremo sin transición intermedia, como ocurrió con miles de militantes alemanes y rusos en los años treinta y cuarenta. Lo que importa no es el contenido de la creencia. Lo que importa es la entrega total a algo que dispense del trabajo de pensar.

Eso es lo que el Foro de São Paulo entendió y supo explotar desde su fundación en 1990. La estructura política que Lula da Silva, Fidel Castro y sus operadores diseñaron no era una alianza programática. Era una alianza de fe. Por eso sus miembros más distintos en programa económico, desde el petrismo colombiano hasta el morenismo mexicano pasando por el chavismo venezolano, hablan un mismo idioma cuando se trata de defender lo indefendible. Han sido formados en la misma liturgia. Comparten los mismos enemigos rituales. Reproducen el mismo cuerpo doctrinario adaptado a cada geografía. Y, lo más importante, han producido en sus bases la misma incapacidad psicológica de aceptar que sus líderes pueden estar equivocados, comprometidos o capturados.

La política, para el votante del Foro de São Paulo, no es política. Es religión secularizada. Y eso explica por qué la evidencia no funciona. Porque a las religiones no se las refuta con evidencia. Se las refuta con apostasía. Y la apostasía es lo único que el cerebro del creyente no puede ejecutar sin desintegrarse.

Capítulo III

La fábrica de la fe

Conviene preguntarse cómo se construye esa fe. No nace sola. No es natural. Es manufacturada. Y el método de manufactura tiene nombre técnico. Se llama ideologización. Y la ideologización, antes de ser instrumento político, es operación psicológica.

El método tiene cuatro pasos. Funciona en Cuba desde 1959, funciona en Venezuela desde 2000, funciona en Colombia desde 2010 y funciona en México desde 2006. Funcionó en Alemania entre 1923 y 1945. Funciona en cualquier sociedad donde se aplique con disciplina y tiempo suficiente.

Primer paso. Se identifica un agravio histórico real. Eso es importante. La ideologización no se construye sobre mentiras. Se construye sobre verdades parciales que se exageran hasta convertirse en marcos de comprensión total. En Alemania, el agravio fue Versalles. En Cuba, fue la dictadura de Batista y la dependencia respecto a Estados Unidos. En Venezuela, fueron los pactos de élite del Punto Fijo. En Colombia, fue el clasismo histórico de la sabana sobre el campesinado. En México, fueron los gobiernos neoliberales y la corrupción del PRIAN. Todos esos agravios son reales. Todos contienen verdad. El truco no está en inventarlos. Está en exagerarlos hasta que se conviertan en explicación única.

Segundo paso. Se construye un enemigo claro y permanente. El enemigo no es una persona. Es una categoría. En Alemania fue el judío. En Cuba fue el "gusano". En Venezuela fue la "oligarquía". En Colombia fue la "ultraderecha". En México es el "fifí". El enemigo cumple tres funciones psicológicas. Cohesiona al grupo propio frente a un afuera nítido. Explica todos los fracasos sin necesidad de autocrítica. Y, sobre todo, dispensa al creyente del esfuerzo de pensar. Cuando todo lo malo se explica por el enemigo, ya no hace falta análisis. Solo hace falta lealtad.

Tercer paso. Se construye un lenguaje propio. Esto es lo que Victor Klemperer, filólogo judío alemán que sobrevivió al nazismo escondido en Dresde, llamó "LTI", la Lingua Tertii Imperii, la lengua del Tercer Reich. Klemperer demostró en su libro de 1947 que el nazismo no fue antes que nada un proyecto político. Fue antes que nada un proyecto lingüístico. Antes de matar judíos, los nazis cambiaron las palabras con las que se podía pensar a los judíos. Antes de invadir Polonia, cambiaron las palabras con las que se podía pensar a Polonia. El régimen capturaba primero el idioma, y la mente seguía después. El Foro de São Paulo hizo lo mismo. "Pueblo" dejó de ser una categoría sociológica neutra y se volvió sinónimo del votante propio. "Conservador" dejó de significar lo que significaba en la teoría política clásica y pasó a designar al enemigo. "Neoliberal" se convirtió en sinónimo de villano universal aplicable a cualquier persona, política o medida que no fuera del partido. "Progresismo" se autoinstaló como sinónimo de virtud, sin que nadie pueda explicar exactamente qué progreso ni hacia dónde. Eso es captura del lenguaje. Y quien controla el lenguaje, controla la posibilidad de pensar lo distinto.

Cuarto paso. Se ritualiza la pertenencia. En todos los proyectos del Foro de São Paulo hay rituales semanales o diarios que cumplen función eclesiástica. La conferencia mañanera de López Obrador no era información. Era misa. La cadena bolivariana de Chávez y luego de Maduro no es información. Es liturgia. Las marchas, los actos en plaza, los aniversarios revolucionarios, los discursos repetidos sin variación durante años, todo eso reproduce las funciones de una religión institucional: cohesión, repetición, identidad común, refuerzo emocional, hostilidad contra el de afuera. El verdadero creyente, decía Hoffer, no necesita argumentos. Necesita rituales. Y el Foro de São Paulo entendió eso con precisión profesional.

Antes de matar judíos, los nazis cambiaron las palabras con las que se podía pensar a los judíos. Antes de proteger al huachicol fiscal, López Obrador cambió las palabras con las que se podía pensar al huachicol fiscal.

Capítulo IV

De Goebbels a São Paulo

Joseph Goebbels, ministro de propaganda del Tercer Reich entre 1933 y 1945, dejó escritos varios principios operativos que hoy se enseñan en escuelas de comunicación política sin que casi nadie nombre su origen. Uno de esos principios es conocido como "principio de la repetición". Goebbels lo formuló más o menos así: una mentira repetida mil veces se convierte en verdad. La frase es tan citada que ha perdido fuerza. Conviene devolverle el peso. Lo que Goebbels estaba describiendo, en términos psicológicos contemporáneos, es lo que hoy llamamos "efecto de verdad ilusoria". Es un sesgo cognitivo perfectamente documentado en literatura científica desde los experimentos de Hasher, Goldstein y Toppino en 1977. La conclusión, demostrada cientos de veces desde entonces, es que el cerebro humano confunde familiaridad con veracidad. Una afirmación que escuchamos repetidamente, aun cuando sepamos racionalmente que es falsa, empieza a sentirse cierta. No porque lo sea. Porque la repetición la hace familiar, y la familiaridad activa los mismos circuitos neurológicos que activa la verdad.

Goebbels lo intuyó. La ciencia lo confirmó. Y los operadores del Foro de São Paulo lo industrializaron. La frase "los conservadores son los del pasado" no es un argumento. Es una repetición. La frase "neoliberalismo fracasado" no es un análisis. Es una repetición. La frase "Estados Unidos imperialista" no es una tesis. Es una repetición. Repetidas durante treinta años, en libros de texto escolares, en conferencias matutinas, en columnas semanales, en cadenas nacionales, en redes sociales coordinadas, esas repeticiones producen en buena parte de la población latinoamericana lo que producen las oraciones repetidas en los devotos: certidumbre inamovible. La certidumbre no viene de la evidencia. Viene de la repetición. Y la evidencia, cuando llega, ya no es procesada como evidencia. Es procesada como provocación enemiga.

Hay un segundo principio goebbelsiano que conviene rescatar. Es el principio de la simplificación. Toda propaganda eficaz, decía Goebbels, debe reducir el mensaje a un puñado de ideas elementales y machacarlas hasta el cansancio. La complejidad es enemiga de la persuasión masiva. La sutileza es enemiga de la fidelidad. El sistema nervioso humano, sometido al estrés cotidiano y a la sobrecarga informativa, prefiere relatos simples a explicaciones complejas. Por eso el populismo gana siempre el primer tramo. Porque ofrece una explicación de tres líneas para problemas de quinientas páginas. Y la explicación de tres líneas, aunque sea falsa, gana porque entra al cerebro sin fricción. La explicación de quinientas páginas, aunque sea verdadera, pierde porque exige esfuerzo cognitivo.

Aplicado al continente latinoamericano, eso significa lo siguiente. Si yo intento explicarle al votante mexicano promedio por qué el huachicol fiscal es una operación criminal que daña al país, necesito hablarle de Section 311 del Patriot Act, de OFAC, de la cooperación SAR-FinCEN, de los precursores químicos chinos, del Distrito Sur de Texas, del expediente migrante. Eso son cinco minutos de atención sostenida y vocabulario técnico. Si López Obrador, en cambio, dice "es un complot de la derecha conservadora para destruir la cuarta transformación", eso son diez segundos. Y los diez segundos ganan, todos los días, contra los cinco minutos. Hasta que la sociedad se entrena a aceptar solo los diez segundos. Y entonces deja de estar disponible para los cinco minutos. Y entonces la posibilidad misma de pensar políticamente se ha perdido.

Capítulo V

La calle anestesiada

Vélez decía que el país está anestesiado. Esa palabra, anestesia, es médica. Designa un estado en el que el organismo conserva las funciones vitales pero pierde la capacidad de sentir dolor. La anestesia es buena en una sala de operaciones. Es terrible en una sociedad. Porque una sociedad anestesiada conserva las funciones, vota, trabaja, consume, paga impuestos, pero ha perdido la capacidad de registrar el dolor. Y sin registro del dolor, ningún sistema corrige el daño. El sistema simplemente lo absorbe, lo metaboliza, lo normaliza.

El proceso de anestesia social tiene varias fuentes simultáneas que conviene nombrar para no quedarse en la metáfora. La primera fuente es la saturación informativa. Vivimos en una época en la que el promedio de exposición diaria a noticias negativas es entre treinta y cincuenta veces mayor que en la década de los ochenta. La capacidad del sistema límbico humano para procesar emocionalmente esa cantidad de estímulos no existió nunca. Por eso el cerebro se defiende como puede, distanciándose afectivamente del contenido. Lo lee, pero ya no lo siente.

La segunda fuente es lo que la psicología social llama "fatiga de compasión". Documentada inicialmente entre médicos de emergencia y trabajadores humanitarios, hoy sabemos que también ocurre a escala poblacional. Una sociedad sometida durante una década a noticias de masacres, fosas, desapariciones, alianzas criminales, narcopolíticos, va perdiendo la capacidad de responder emocionalmente a cada nuevo episodio. No porque sea cínica. Porque sus mecanismos de empatía se agotaron. Lo que en los años ochenta hubiera producido una marcha de doscientas mil personas en el Zócalo o en la Plaza de Bolívar, hoy produce un tuit indignado que dura cuatro horas en trending y se olvida al día siguiente.

La tercera fuente es la captura institucional de los espacios que históricamente despertaban la indignación cívica. Cuando los medios independientes se reducen a una fracción de lo que eran, cuando las universidades reproducen la lengua del régimen sin matiz, cuando los intelectuales públicos son cooptados, comprados o silenciados, cuando las ONGs que antes denunciaban abusos hoy reciben presupuesto del gobierno denunciado, cuando los obispos guardan silencio para no perder espacio político, los circuitos sociales por donde antes circulaba la indignación se taponan. Y la indignación, sin canales, se convierte en frustración privada. La frustración privada, a su vez, no produce voto distinto. Produce abstención, emigración o resignación.

La cuarta fuente, la más sofisticada de las cuatro, es la captura del lenguaje moral. Cuando el régimen logra que la palabra "denuncia" se asocie automáticamente con "deslealtad", cuando logra que la palabra "investigación" se equipare con "ataque", cuando consigue que decir la verdad sobre un crimen sea presentado como traición al proyecto, la sociedad pierde el aparato semántico básico con el que se procesan los abusos. No es que no haya información. Es que la información, cuando llega, ya no tiene categorías mentales donde acomodarse. Cae en el vacío. Y la sociedad sigue funcionando sin saber que está enferma.

Capítulo VI

El pecado imperdonable

Llegamos al centro del fenómeno. La frase de Vélez sobre el pecado imperdonable. Dice que para el votante ideologizado, admitir que la derecha tenía razón es un pecado peor que ver al gobierno propio aliarse con criminales. Esa estructura mental tiene un nombre técnico en psicología social. Se llama "disonancia cognitiva". El término fue acuñado por Leon Festinger en su libro de 1957 A Theory of Cognitive Dissonance, y describe lo que ocurre cuando una persona se enfrenta a evidencia que contradice profundamente sus creencias previas.

Festinger demostró que la mente humana, ante esa contradicción, no procesa la evidencia y cambia la creencia, como predeciría la teoría racional. Hace lo contrario. Reordena la realidad para que la creencia sobreviva. Y mientras más profunda sea la creencia inicial, más radical será el reordenamiento. Su experimento más conocido fue con una secta apocalíptica que predijo el fin del mundo para una fecha específica. Cuando la fecha pasó sin apocalipsis, los miembros no abandonaron la secta. Reforzaron su fe. Empezaron a proselitizar. Convencieron a más gente. Porque admitir que se habían equivocado durante años habría sido psicológicamente más devastador que sostener la doctrina contra toda evidencia.

Eso es lo que ocurre con el votante ideologizado del Foro de São Paulo. Si admite que López Obrador protegía al huachicol fiscal, no admite solo eso. Admite que durante seis años, en cenas familiares, en sobremesas con amigos, en discusiones de redes, defendió algo que era falso. Admite que las personas a las que llamaba "fifís", "vendidos", "neoliberales", tenían parte de razón. Admite que el costo emocional de seis años de identidad militante fue gastado en defender lo indefendible. Eso es mucho costo. Es un costo que la mente, por mecanismos perfectamente normales y comunes a toda persona, prefiere no pagar. Y para no pagarlo, hace algo asombroso. Reordena la evidencia. Encuentra excusas. Atribuye la información a complots. Cambia de tema. Acusa a quien le presenta los hechos de "moralismo", "criminalización", "instrumentalización". Hace cualquier cosa, menos lo único que la racionalidad pediría: cambiar de posición.

Por eso prefieren votar por el diablo. No porque amen al diablo. Porque amar al diablo cuesta menos psicológicamente que admitir, frente al espejo, que durante una década fueron usados como infantería emocional de un proyecto que terminó casándose con el crimen. La frase de Vélez no describe maldad. Describe miedo. El miedo más profundo del ser humano. El miedo a haber sido el tonto útil. Antes de admitir eso, casi cualquier persona prefiere creer cualquier cosa.

No prefieren al diablo por maldad. Prefieren al diablo por orgullo. El orgullo es la última fortaleza del ego herido, y el ego herido no se rinde aunque la casa esté ardiendo.

Capítulo VII

El matrimonio con el crimen

Hay una pregunta que conviene formular con franqueza. ¿Por qué los proyectos del Foro de São Paulo, en todas sus variantes nacionales, terminan invariablemente aliándose con el crimen organizado? No es accidente. No es debilidad coyuntural. Es estructura. Y conviene entender por qué.

Un proyecto político que se sostiene por fidelidad ideológica y no por desempeño material necesita dos cosas para sobrevivir en el largo plazo. La primera es continuar produciendo enemigos. La segunda es contar con recursos económicos paralelos a los del Estado formal, porque el Estado formal, gobernado bajo doctrinas de redistribución agresiva, tiende a producir crisis fiscales, fuga de capital, contracción económica. Cuando las arcas formales del Estado se vacían, el proyecto necesita financiarse por canales alternos. Y los canales alternos disponibles, en países con grandes economías ilícitas, son obvios.

Esa es la fórmula que se repite en cada geografía. Cuba se sostuvo durante décadas con dinero soviético y, después de 1991, con economía paralela vinculada a redes en Venezuela, Angola y otras zonas grises. Venezuela se sostuvo con la captura del petróleo estatal y, cuando el petróleo se desplomó, con la integración de operadores militares en el narcotráfico hemisférico que hoy se conoce como Cartel de los Soles. Nicaragua se sostiene con flujos rusos, chinos e iraníes mezclados con operaciones de lavado documentadas por la OFAC. Bolivia se sostuvo durante años con captura del litio y de la coca. Colombia, con Petro, ha visto al gobierno negociar formalmente con el Clan del Golfo, con el ELN, con disidencias de las FARC, en marcos de "paz total" que en la práctica son legitimaciones territoriales de redes criminales. Y México, con López Obrador y Sheinbaum, ha articulado el huachicol fiscal documentado en el Distrito Sur de Texas, el blindaje del Cartel de Sinaloa expuesto por SDNY, y la red financiera con bancos sancionados por FinCEN.

En todos los casos el patrón es idéntico. El proyecto necesita financiamiento. La economía formal no se lo da. La economía ilícita se lo da. El proyecto, para conservar su financiamiento, debe proteger a la economía ilícita. Y para proteger a la economía ilícita, debe convencer a su base electoral de que la economía ilícita no existe, o de que existe pero es un complot de la oposición, o de que existe pero es menor mal frente a la alternativa neoliberal. Y la base electoral, ideologizada durante años por los mecanismos descritos en los capítulos anteriores, está dispuesta a aceptar cualquiera de esas tres explicaciones. Porque admitir lo contrario equivaldría a la apostasía. Y la apostasía es el pecado imperdonable.

El círculo se cierra así. La ideologización produce fidelidad. La fidelidad permite el matrimonio con el crimen. El matrimonio con el crimen requiere más ideologización para sostenerse. La ideologización refuerza la fidelidad. Y el ciclo se repite hasta que el país completo, sin darse cuenta, ha sido entregado a una arquitectura donde el Estado y el crimen son la misma cosa con dos nombres distintos. Pasó en Cuba. Pasó en Venezuela. Está pasando en Nicaragua. Está empezando a pasar en Colombia. Lleva siete años pasando en México.

Capítulo VIII

México como espejo

Quien lea estas páginas pensando en Petro las habrá leído desde Bogotá. Pero la prueba de que el diagnóstico no es local sino estructural se obtiene cambiando los nombres y dejando el resto idéntico. Cámbiese Petro por López Obrador. Cámbiese Cepeda por Sheinbaum. Cámbiese Clan del Golfo por Cartel de Sinaloa. Cámbiese paz total por seguridad humanista. Cámbiese Pacto Histórico por Morena. Cámbiese investigación de Caracol sobre el Clan del Golfo por designaciones del Distrito Sur de Nueva York contra Rocha Moya, Mérida Sánchez, Díaz Vega, y siete cuadros más. El texto sigue funcionando palabra por palabra. Porque la enfermedad es la misma.

El votante mexicano promedio que defendió a López Obrador durante el sexenio no lo defendió por evidencia. Lo defendió por fe. Cuando aparecieron los videos de los hermanos del expresidente recibiendo bolsas con dinero, el votante de fe no reordenó su voto. Reordenó la realidad. Dijo que el video era manipulación. Dijo que la cantidad era menor. Dijo que cualquier político lo habría hecho. Dijo que la diferencia es que López Obrador no robó para sí mismo. Cuando se reveló la red del huachicol fiscal en el Distrito Sur de Texas, el votante de fe dijo que era injerencia estadounidense. Cuando los datos del Censo migrante chocaron con la cifra oficial de remesas en veintiún mil millones de dólares anuales sin explicar, el votante de fe dijo que era propaganda neoliberal. Cuando Sheinbaum protegió a Adán Augusto, a Mario Delgado, a Andy López Beltrán, a Américo Villarreal, a Marina del Pilar, el votante de fe dijo que era persecución política. Cuando el secretario Mullin entregó nueve expedientes individuales de extradición en mayo de 2026, el votante de fe dijo que era violación a la soberanía.

Cada explicación es disonante con la siguiente. La acumulación las hace todas insostenibles juntas. Pero el votante de fe no las suma. Las usa por separado, una para cada ocasión, sin advertir que la lista completa configura una arquitectura de excusas que ningún otro sexenio mexicano habría podido reunir sin colapso. La razón por la que no las suma es la disonancia cognitiva. Sumarlas equivaldría a darse cuenta. Y darse cuenta es lo único que la mente ideologizada no puede permitirse.

México vive hoy lo que vivía Alemania en 1938. La mayoría de la población no sabía exactamente lo que estaba ocurriendo, pero sabía lo suficiente para saber que algo estaba ocurriendo. Y la mayoría prefirió no saberlo. Hannah Arendt, en su libro Eichmann en Jerusalén publicado en 1963, lo describió con la frase que la haría famosa: "la banalidad del mal". Lo que Arendt vio en Eichmann no era un monstruo. Era un burócrata. Un funcionario que cumplía órdenes, no se hacía preguntas, no pensaba más allá de su escritorio. Lo terrible no era que Eichmann fuera malvado. Era que era ordinario. Y esa ordinariez, multiplicada por millones de funcionarios y ciudadanos similares, fue la que hizo posible Auschwitz. El mal no necesita demonios. Necesita personas comunes que prefieran no pensar.

Esa misma ordinariez está hoy en muchas casas mexicanas. No de malvados. De personas comunes. Profesionistas, empleados, jubilados, jóvenes, madres de familia, profesores. Personas que en otro contexto serían los pilares de una democracia funcional. Pero que han sido sometidas durante siete años a la combinación de cuatro pasos descrita en el capítulo III. Han sido ideologizadas. Y la ideologización las ha convertido en infantería emocional de un proyecto que se casó con el crimen, sin que ellas se enteren del todo.

Capítulo IX

La cura no es política

Si la enfermedad fuera política, la cura sería política. Pero la enfermedad no es política. La enfermedad es psicológica, antropológica, cultural. Por eso la cura tampoco es política. La cura es la lenta reconstrucción de la capacidad ciudadana de pensar contra la propia tribu.

Esa capacidad se llama, en filosofía clásica, parresía. La parresía es la disposición a decir la verdad incluso cuando la verdad cuesta. Es lo que Sócrates ejerció en Atenas hasta que lo condenaron a muerte. Es lo que los profetas del Antiguo Testamento ejercieron contra los reyes propios. Es lo que los intelectuales rusos en exilio ejercieron contra el bolchevismo. Es lo que Václav Havel ejerció contra el comunismo checoslovaco. Es lo que requiere, hoy, el ciudadano latinoamericano para empezar a curarse de la enfermedad descrita en este ensayo.

La parresía empieza en privado. Empieza en la sobremesa familiar cuando uno se atreve a decir que el presidente al que se votó tres veces puede haber cometido errores graves, sin esperar el aplauso de la mesa. Empieza en la conversación con el amigo de toda la vida cuando uno se atreve a admitir que la persona a la que durante años se llamó "fifí" podía tener razón en algunos puntos. Empieza en el grupo de WhatsApp cuando uno se atreve a compartir una nota crítica del oficialismo sin temer ser expulsado del grupo. Esos gestos parecen menores. No lo son. Son los gestos donde se reconstruye, célula por célula, el sistema inmunológico social que la ideologización destruyó.

El segundo paso es la lectura. La ideologización se sostiene en la simplificación. La cura empieza por la complejidad. Volver a leer libros enteros, no resúmenes. Volver a las fuentes, no a los memes. Volver a la prensa que documenta, no a la que opina. Volver a las universidades que enseñan a pensar, no a las que enseñan a militar. La lectura larga es el antídoto natural de la propaganda corta. Por eso la propaganda corta intenta siempre desplazar a la lectura larga. Por eso quien quiera curarse, individualmente o colectivamente, debe reincorporar la lectura larga a su dieta cognitiva.

El tercer paso es el reconocimiento. Aceptar que se estuvo equivocado en algún punto. No en todo. No es necesario el arrepentimiento total. Basta con admitir, en alguna conversación, que en algún momento se sostuvo una posición que la evidencia posterior ha mostrado insostenible. Ese gesto, aparentemente pequeño, es el más difícil de todos. Porque rompe el hechizo. Porque demuestra al cerebro que puede sobrevivir al acto de admitir un error. Y a partir de ese momento, el cerebro queda disponible para futuras correcciones. La parresía empieza con un solo acto de honestidad consigo mismo. Después se ramifica.

El cuarto paso, el más profundo, es el más difícil. Es aceptar que ningún gobierno, ninguna ideología, ninguna causa merece la entrega absoluta de la propia conciencia. Esa entrega es la materia prima de todos los totalitarismos del siglo veinte y de todos los proyectos del Foro de São Paulo del siglo veintiuno. La conciencia, en una persona libre, no se cede. Se administra con cuidado. Se entrena para discriminar entre lo verdadero y lo falso, entre lo justo y lo injusto, entre lo bueno y lo malo, sin que ningún partido, ningún caudillo, ninguna mañanera, ningún dogma tenga la llave de esa discriminación. Esa autonomía moral es la salud psicológica básica del ciudadano democrático. Es lo que la ideologización destruye. Y es lo que tiene que ser reconstruido, pieza por pieza, en cada hogar, en cada conversación, en cada acto privado de honestidad consigo mismo.

No puede haber gobierno sano en sociedad enferma. La cura no llega por el voto. La cura llega por la conciencia.

Por eso este ensayo no termina con una recomendación política. Termina con una invitación moral. La invitación es a recobrar la parresía. A volver a decir la verdad incluso cuando la verdad cuesta. A dejar de preferir al diablo solo para no admitir que el catequista del barrio enemigo tenía algunos puntos válidos. A entender que la dignidad personal vale más que la cohesión tribal. A aceptar que ser ciudadano libre cuesta más que ser fanático cómodo. Pero que solo del primero se construyen repúblicas habitables.

Si en algún momento, en alguna conversación, alguien que ha sostenido durante años posiciones del Foro de São Paulo se atreve a decir en voz baja, frente a su propio espejo, que tal vez en algunas cosas se equivocó, en ese momento empieza la cura. No la cura del país. La cura del ciudadano. Y solo la cura del ciudadano produce, después, la cura del país. En el orden inverso jamás funcionó. En el orden correcto, paciente y lento, funcionó en la Alemania de posguerra, funcionó en la Italia de posfascismo, funcionó en la España de posfranquismo, funcionó en la Europa del Este de poscomunismo. Funcionará también en América Latina, pero solo cuando suficientes ciudadanos, individualmente, empiecen a permitirse la apostasía.

La apostasía, en el lenguaje religioso, es un pecado. En el lenguaje de las sociedades enfermas, también. Pero en el lenguaje de las sociedades libres, la apostasía respecto a los dogmas que nos han enfermado no es un pecado. Es el primer acto de salud. El más difícil. El más fecundo. El que cura.

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Hace falta volver a creer que pensar contra la tribu es un acto de amor, no de traición. Hace falta volver a entender que admitir que el otro tenía razón en algo no nos disminuye, nos engrandece. Hace falta dejar de medir la dignidad personal por la lealtad incondicional a un proyecto político y empezar a medirla por la coherencia entre lo que uno dice, lo que uno piensa, y lo que uno hace.

El día que suficientes personas, en suficientes hogares, empiecen ese ejercicio privado de honestidad, los gobiernos enfermos perderán su materia prima. No habrá más votantes dispuestos a defender lo indefendible. No habrá más conciencias en alquiler. No habrá más infantería emocional para las maquinarias de fidelidad ciega. Y entonces, solo entonces, podrá empezar la reconstrucción del continente.

Hasta ese día, repetiré la frase con la que abre este ensayo, y con la que lo cierro. No puede haber gobierno sano en sociedad enferma. La cura no es política. La cura es moral. Y la moral empieza por uno mismo, frente al espejo, una mañana cualquiera, cuando uno se atreve por primera vez a admitir que tal vez se equivocó.

Simón Levy
Washington D.C. 25 de junio de 2026
Miembro del Foro Económico Mundial
simonlevy.mx · @SimonLevyMX
Reconocimiento

Este ensayo nació de la lectura de un hilo publicado en X por el abogado colombiano Santiago Vélez (@santiagovelezp) la última semana de junio de 2026, a propósito del balotaje colombiano y de la investigación de Caracol sobre el Clan del Golfo. La frase de Vélez —"prefieren votar por el diablo antes que admitir que la derecha tenía razón"— es el punto exacto desde el cual estas páginas se construyeron. Mi reconocimiento a Vélez por haber dicho, en pocas palabras, lo que muchos analistas no se atreven a nombrar, y por haber abierto, con su precisión clínica, la posibilidad de un análisis psicológico continental que rebase los límites del caso colombiano.

Nota metodológica

Este ensayo combina observaciones empíricas verificables sobre la psicología política latinoamericana contemporánea con referencias a literatura clásica en psicología social (Festinger, Hoffer, Seligman, Klemperer, Arendt) y a doctrina propagandística histórica (Goebbels). El paralelo entre los mecanismos del Tercer Reich y los del Foro de São Paulo se refiere exclusivamente a la mecánica psicológica de producción de fidelidad ideológica, no al contenido moral o factual de los proyectos políticos comparados. Toda referencia histórica está disponible en archivo público. La responsabilidad interpretativa del conjunto es del autor.